
Miraba la calzada mojada de la avenida, y aquella señal ética que advertía el lugar como riesgoso.
Pensó en todo lo que había sucedido sin arrepentimiento ni remordimiento. Exactamente no sabía qué había pasado.
Siempre se había sentido atraída por él, pero tenía perfectamente claro que el sentimiento nunca fue mutuo. Nunca planeó terminar en la misma cama una mañana, observándolo con angustia sin saber sobre lo correcto o incorrecto de la situación.
Era sábado y la ciudad se encontraba aún iluminada bajo el efecto de la neblina. El ambiente se encontraba húmedo y frío. No podía llegar a su casa sin antes haberse dado un respiro.
Se sentó en la arena para focalizar algo que le hiciera sentirse tranquila, y el mar era perfecto.
Recordó su voz en el teléfono pidiéndole verse bajo el cerezo de la plaza a las seis de la tarde.
Recordó también lo nerviosa que se encontraba mientras cepillaba su cabello con cuidado, maquillaba sus ojos con delicadeza, mientras imaginaba todo lo que podrían haber hablado.
Y ahí se encontraba él. Se encontraba mirando su celular con el ceño fruncido, mientras ella avanzaba con paso apretado y firme. Suspiró para tomar aire, y se acercó hasta donde él la pudiese ver.
Al verse se sonrieron inmediatamente, haciendo notar que no era por mera cortesía. Ahí hubo sentimiento, ilusión por parte de ella, tranquilidad por parte de él.
Luego de cruzar un par de frases, se pusieron en marcha hacia donde la inercia los llevara.
Dos horas de caminata relajada les abrió el apetito, y fue precisamente ahí donde probablemente comenzó todo. Sí, en la mitad de todo.
No sabía si devolverse y pedir disculpas por haberse marchado sin saludar ni despedirse, o seguir ahí en la playa con sus rodillas abrazadas. Los pensamientos le azotaban la cabeza, y la vergüenza le hacía latir el corazón con prisa.
Aquella mañana despertó mirando el techo blanco de la habitación, sin reconocerlo, sin saber dónde se encontraba, sin estar segura de su estado. Cerró los ojos nuevamente e intentó acabar con la duda. Miró hacia su lado derecho y ahí se encontraba durmiendo él. Su espalda ancha, su cabello cortísimo, su olor y el calor de su cuerpo, era él.
Los recuerdos le invadieron no sólo la cabeza, sino que todo el cuerpo. Recordó el momento preciso en que él comenzó a mirarla con otros ojos, y ella se dejaba atrapar por lo que fuese.
Le tomó las manos, le sujetó sus hombros, y ya no hubo nada que frenar.
Y ahí había terminado, entre el tiempo y el destiempo, entre locura y frenesí, entre confusión y la realidad.
Y la amistad los contrastó.